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“Seducimos valiéndonos de mentiras y pretendemos ser amados por nosotros mismos”, parece ser que dijo Paul Géraldy

Año tras año reviso autorretratos cuyos autores explican sus intenciones y hay un detalle que me llama poderosamente la atención: la aparente necesidad del artificio para explicarse a uno mismo. Maquillaje, máscaras, disfraces, teatralización… son algunos de los ingredientes que suelen repetirse en estos ejercicios mientras los autores-protagonistas hablan de sinceridad en su auto-revelación.

Ante tanto artificio empleado como supuesto camino hacia la autenticidad, siempre vienen a mi mente las palabras que se le atribuyen a Paul Geraldy porque, en el fondo, muchos autorretratos no son otra cosa que un intento de seducción. Como las autobiografías, como los epistolarios… como cualquier obra autorreferencial pensada para ser vista por los otros.

Es complicado ser auténtico o sincero en un autorretrato porque ¿dónde habita la verdad sobre uno mismo? En los “yo” del pasado, en el “yo” presente o en ese “yo” que se proyecta hacia el futuro cuando habla con alguien a quien pretende seducir… ¿qué somos realmente, qué une todos esos “yo” y qué hay de esa esencia en la imagen que proyectamos?

Hoy, mirando los autorretratos de este curso, me ha asaltado una última duda: ¿es posible que las que mejor nos definan sean nuestras propias mentiras? Es decir: ¿es posible que cada quien sea artificial a su manera, mienta con estilo único y sea precisamente eso lo que verdaderamente nos caracterice: las formas de nuestras no verdades?

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