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La fotografía es, como han dicho en sus escritos autores como Régis Durand, un arte ontológicamente ligado al tiempo. No sólo por su capacidad de representación del mismo, o por su cambio de valor y significado conforme pasan los años, sino también porque esta “escritura con luz” podría decirse que sigue la gramática del tiempo. Algo muy claro, por ejemplo, en la obra de Alexey Titareko.

Página web de Alexei Titarenko.

Portada de la web de Alexei Titarenko (imagen linkada a su website). La fotografía pertenece a la serie “City of Shadows (1992-1994)

Sus imágenes, capturadas frecuentemente con tiempos de obturación largos, ponen el énfasis en este aspecto planteando interesantes cuestiones sobre el paso del ser humano por unas ciudades que permanece sólidas y firmes ante el objetivo. Una de sus series, de manera elocuente, lleva por título “Ciudad de sombras”. Una certera “traducción” de las imágenes en palabras, ya que Titarenko convierte a los habitantes de la ciudad en meras sombras, en fantasmas, por obra y gracia del “tiempo” que se ha mantenido abierto el diafragma.

De este modo, la luz escribe con el ritmo y las reglas marcadas por el tiempo para dar forma a un pensamiento, a un mensaje, a una visión del mundo que nos enfrenta con nuestra propia futilidad. Sabemos que la historia del hombre es muy pequeña en comparación con la del planeta y la de éste anecdótica casi en relación a la del universo (por no hablar de Dios). Pero estos son conocimientos que pasan a un último plano mientras vivimos nuestras vidas, ya que nuestro periplo existencial se convierte en la única unidad de medición importante, la única esencial para todos nosotros.

Trabajos de Titarenko visibles en su website (imagen linkada a su portfolio). La fotografía pertecene a su serie "City of Shadows".

Trabajos de Titarenko visibles en su website (imagen linkada a su portfolio). La fotografía pertecene a su serie “City of Shadows”(1992-1994).

Seguramente, hasta la aparición de la fotografía, el ser humano nunca se vio a sí mismo como un fantasma, como una sombra que corre hacia no se sabe dónde. Quizás esto hiciera más fácil olvidar la brevedad de nuestro tiempo y, seguramente por este motivo, las imágenes de Titarenko me sobrecogen cada vez que las miro. Me recuerdan constantemente aquello de “no somos nada”… ni siquiera una pose ante la cámara.

Siempre había pensado que estas imágenes representaban esa triple relación con el tiempo de la fotografía comentada al principio y que dejaban claro la fugacidad de la existencia con respecto a las ciudades, los regímenes o las ciudades… Sin embargo, ayer, en el simposio celebrado en Ars Santa Mónica, Martí Perán  cerró su intervención con una reflexión muy interesante: somos la primera generación que sobrevive a su paisaje y, por tanto, llega un punto en el que no es posible el regreso a casa o a los lugares en los que se ha vivido tal y como se conocieron. Y, cómo no, nada como una fotografía para dar testimonio de los cambios. En su caso, el ejemplo utilizado fue una fotografía del Benidorm de los años 50 y otra del actual: la prueba irrefutable de su afirmación.

Hasta ahora, yo había manejado otros tiempos y otras experiencias. Por ejemplo el trabajo de Bleda y Rosa sobre los Campos de Batalla que ponen de manifiesto cómo los siglos cambian el paisaje hasta el punto de hacer irreconocibles lugares que se anegaron de sangre en otros tiempos y que aparecen en los libros de historia. Lugares que vemos a través de las ventanillas en los viajes sin siquiera sospechar su pasado oscuro.  Una ruptura de la perspectiva que queda magistralmente representada en la fragmentación del paisaje, en la panorámica rota por el olvido o por los estragos de la mala memoria.

"Campos de Bailén, año 1808", de la serie "Campos de Batalla 1994-1996" (1999), de Bleda y Rosa

Imagen de la web de Bleda y Rosa (linkada al website). Fotografía: “Campos de Bailén, año 1808”, de la serie “Campos de Batalla 1994-1996” (1999), de Bleda y Rosa.

Sin embargo, al hilo de la reflexión de Perán, en los últimos tiempos se suceden los trabajos de alumnos que hacen referencia a casas, paisajes o pueblos abandonados que configuran un nuevo contexto no sólo para nuestro entorno sino también para la identidad y la memoria. Como explican Bleda y Rosa en su serie “Campos de Fútbol”: “Muchos de estos campos se asemejan a los campos que nosotros mismos vivimos, de manera que el recuerdo, la memoria y el paso del tiempo al que hacen alusión tienen una dimensión que afecta tanto a las condiciones objetivas de los lugares como a la experiencia temporal que sobre ellos se pueda construir”.

Efectivamente, la fotografía en todos estos casos (utilizando campos de fútbol o ruinas como símbolo) se convierte en un espacio de resistencia, de protesta, de testimonio. Porque un arte tan vapuleado como el que nos ocupa se ha constituido en los últimos tiempos en bastión y baluarte de ese tiempo que lucha por ser representado, dejándose utilizar como parte integrante del lenguaje, como único reducto para sobrevivir… nos.

    "Grao de Castellón, 1993" de la serie "Campos de fútbol" (1992-1995), de Bleda y Rosa.

Imagen de la web de Bleda y Rosa (linkada al website). Fotografía: “Grao de Castellón, 1993” de la serie “Campos de fútbol” (1992-1995), de Bleda y Rosa.

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