Fotografía, vacaciones, viajes y turismo: las amistades peligrosas


Hace casi dos años estaba de vacaciones en Grecia, en mi primer viaje organizado,  cuando una guía turística me hizo la pregunta del millón: “Y a ti ¿no te gusta la fotografía?”. La pregunta me pilló desprevenida, cuando miraba a todos mis compañeros de grupo fotografiar una estatua relativamente nueva, mientras daban la espalda a aquel entorno en el que tuvo lugar la famosa batalla de las Termópilas. En ese momento me dí cuenta de que era la única que no tenía una cámara en la mano y que, tras varios días de viaje, la guía había notado que era de las pocas que no llevaba una réflex con zooms enormes y que no se pasaba el día hablando del DVD o del álbum de fotos que iba a hacer a la vuelta o comentando las imágenes capturadas.

Me reí y le respondí: “Me dedico a la fotografía, pero estoy de vacaciones y he dejado el trabajo en casa”. La guía se rió conmigo (espero que no fuera de mí), cambió su expresión (seguramente dio por fin con alguna categoría en la que clasificarme) y me comentó que los grupos de turistas españoles comenzaban a ser como los de los orientales: llenos de cámaras de fotografías y de personas que en vez de disfrutar del viaje hacen fotos. Esto dio paso a una interesante conversación sobre tipos de turistas según nacionalidades y su relación tanto con los viajes como con las fotografías. Inevitablemente pensé en Marc Augé y en su libro El viaje imposible. El turismo y sus imágenes.

En este texto, breve pero con interesantes reflexiones sobre lo que fotografiamos y cómo viajamos, Augé comenta cosas como que “la gente va a Disneylandia para poder decir que ha estado allí y para dar la prueba de ello. Se trata de una visita al futuro que cobra todo su sentido después, cuando se muestran a los parientes y a los amigos, acompañadas de comentarios pertinentes, las fotografías que el pequeño ha tomado de su padre mientras éste filmaba y luego la película del padre a manera de verificación” (Augé, 1998, 26). La primera vez que leí esta afirmación recordé cuántas veces había tenido que ver todas las fotografías de las vacaciones de algún amigo, familiar o conocido, y cuántas me he preguntado si la persona había disfrutado más durante las vacaciones o en el momento de contárselas a los demás con abundancia de pruebas gráficas…

Pruebas, sí, porque finalmente la mayoría de las fotografías son la constatación irrefutable de que esas personas captadas delante de un monumento o de un lugar determinado han estado allí (aunque ¿qué genera esa necesidad de probarlo? ¿Acaso la propia incredulidad ante ciertas situaciones de la vida?). En cualquier caso, a pesar de entender la intención que subyace en fotografiarse ante las cosas, no dejo de preguntarme si alguien disfruta realmente con la visión de este tipo de fotografías turísticas cuando no son las suyas. Tampoco vislumbro el placer en la presión de fotografiarlo todo y obligar a los acompañantes a posar en cada uno de los lugares visitados con una sonrisa ¿Acaso no es más práctico comprar los libros o postales de los lugares que se visitan y hacerse fotos con quien se quiera, como se quiera y cuando a uno le apetezca? El resultado suele ser mucho más entretenido, relajado, divertido y recoge mejor el recuerdo de lo vivido.

Grecia, Rebeca Pardo (2010)
Grecia, Rebeca Pardo (2010)

Pero, en el fondo, seguramente lo importante no es el entretenimiento, ni el recuerdo, ni el compartir la experiencia con los allegados, ni siquiera el ser aficionado o no a la fotografía… lo importante es junto a qué se desea inmortalizar el propio rostro, o el de los seres queridos, y con qué se quiere ser identificado.

Mencionando de nuevo a Augé (en el capítulo “Un etnólogo en Center Parcs”), hay lugares vacacionales lejanos al concepto de parque de atracciones o de las grandes mecas del turismo internacional, en los que los visitantes se sienten como en casa y, por tanto, las cámaras y los flashes no están tan presentes por mucho que se disfrute del lugar o de la compañía. Del mismo modo que habitualmente no se fotografía el camino al trabajo o la comida cotidiana, en aquellos lugares a los que vamos a relajarnos y desconectar, normalmente la cámara pasa a un segundo plano o se queda “castigada” en casa.

Obviamente, nuestros hábitos fotográficos han cambiado con la fotografía digital (hemos pasado de volver con unos cuantos carretes de fotos para revelar a tener tarjetas de memorias repletas de imágenes que se cuentan por cientos… o por miles), pero también ha cambiado la manera de hacer turismo y de viajar.

Hace dos o tres años regresé a Nueva York después de unos 15 años sin pisarla y recuerdo especialmente un domingo por la mañana en Harlem impactada por las largas colas de turistas con cámaras en las iglesias esperando para tener sus 5 minutos de experiencia religiosa gospel “única”… y en aquel momento, comparándolo con mi anterior visita casi en soledad al mismo barrio, me golpeó la certeza de que estamos convirtiendo el mundo en un inmenso parque de atracciones temático en el que todos pagamos por subirnos a nuestras montañas rusas, carruseles o atracciones favoritas. La experiencia del verdadero vértigo, alegría o miedo no importa, sólo la prueba de la conquista realizada: la imagen de nuestro rostro sonriente delante de un icono de aquello con lo que deseamos ser identificados: la aventura, la valentía, la diversión, el exotismo, la espiritualidad… Porque me temo que la meta final es la espectacularización de la propia existencia. Y eso conlleva la transformación de muchas ciudades en escaparates, en decorados, en lugares cada vez menos habitables y más turísticos (o fotografiables)… y, lo que personalmente más me asusta, la transformación del viajero en turista con guía que le señala hacia dónde mirar y qué fotografiar.

Los álbumes de fotografías de vacaciones cada vez se parecen más, mientras sus autores se esfuerzan por buscar la originalidad sin darse cuenta de que lo que hace diferente una imagen, en el fondo, es la experiencia, la vivencia, las emociones y la revelación que hay detrás. Pero en un tour mega-hiper-organizado en el que nos dirigen en manadas sobre los pasos de otros miles de turistas, en el que sólo conocemos a otros turistas y en el que la posibilidad de perderse es prácticamente imposible: ¿Dónde quedan las experiencias personales de trasformación y crecimiento que dan los verdaderos viajes, aquellos que se hacen casi en solitario? ¿Dónde hemos dejado la observación íntima del paisaje, el tiempo para deleitarnos con aquello que nos interesa personalmente? ¿Dónde muere la mera fotografía, reproductora y reproductiva, y comienza la experiencia mística de plasmar la propia visión de ese mundo que te fascina, seduce y conquista?

Por todo esto, últimamente, con demasiadas preguntas y pocas respuestas claras, viajo sin cámaras o con las “de juguete” o de plástico (Lomos, Holgas, harinezumi…) para disfrutar de los días libres de manera lúdica: desaprendiendo, desconectando y disfrutando de la experiencia. Si no puedo atrapar la esencia del mundo, si soy otro turista más de paso por este tremendo parque temático que comienza a expandir sus garras por el universo, al menos me permito el lujo del divertimento.

Más tarde, cuando regreso, amigos y familiares me dicen esa manida frase tan de moda últimamente: “habrás hecho muchas fotos”. Y yo sonrío recordando todo lo pensado, visto, olido, tocado, sentido, degustado, probado, acariciado, pisado, rozado, hablado, reído, observado, vivido… mientras mis cámaras descasaban y el mundo miraba para otro lado.

Seguramente alguien me cuestionará si no me arrepiento de no haber hecho algunas fotos. Y yo confieso que he pecado mucho (muchísimo) de pensamiento, palabra y omisión fotográfica. Pero ¿acaso no son mis mejores fotografías aquellas que he grabado en mi mente y a las que sólo yo tengo acceso? ¿Puede alguna imagen reproductible por cualquier medio competir con un secreto?

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8 comentarios sobre “Fotografía, vacaciones, viajes y turismo: las amistades peligrosas

  1. Que fatuo juzgar el modo en que las personas disfrutan sus momentos especiales…

    1. Todos juzgamos, tú también lo estás haciendo. El grado de “fatuidad” de nuestros juicios, como casi todo en esta vida, es subjetivo. En cualquier caso, lo que para tí es alardear (poner el nombre y apellidos) para mí es responsabilidad con lo dicho. Yo asumo todo lo que digo y acepto las opiniones de los demás porque creo que el cruce de comentarios enriquece a todos aquellos que los comparten. De eso creo que se trata en las redes sociales y en los blogs: de opinar, de abrir diálogos, de compartir experiencias…
      Eres libre de opinar lo que quieras… pero la próxima vez, te agradecería que lo firmaras con tu nombre y apellidos… si te atreves, claro.

      1. Me atrevo a ver mi nombre escrito, me importa poco, es solo un nombre y no es sólo mío, pero no me apetece y no me gustan los “pseudo retos” que no llevan a ninguna parte. Por cierto, el reconocimiento de la autoría no garantiza la responsabilidad de/por lo dicho, y de eso tratan las redes sociales también. No eres más especial ni disfrutas más los momentos que el resto, con fotos o sin ellas. Eso es todo.

  2. Opino también que existe una creciente necesidad de fotografiar hasta el más insignificante de los momentos vividos, para satisfacer otra estúpida necesidad: la de demostrar al resto de tus congéneres que estás viviendo esa gran experiencia. Aunque es muy probable que mientras te molestas en plasmar el dichoso momento especial, quizás no lo estés disfrutando al cien por cien. Sin embargo, creo que es algo inherente a la raza humana. De todos modos, quería decirte Rebeca que ÁNIMO con tu blog, enhorabuena por tu reciente premio y yo sí firmo mis comentarios.

    Isabel del Río

    1. Hola, Isabel,
      Precisamente de eso quería hablar yo cuando regresé de otro viaje en el que la gente estaba más preocupada en fotografiar que en disfrutar del momento. Claro que, si alguien es más feliz haciendo fotos que mirando un paisaje o hablando con la gente… yo no soy nadie para criticar. En cualquier caso, lo que me ronda en la cabeza es hasta qué punto esa necesidad de conservar imágenes (de los viajes, de la familia…) es algo nuestro que realmente disfrutamos (y te lo dice una fotógrafa) o es algo que la sociedad de consumo nos ha impuesto (para vender cámaras, cobrar por copia, por álbum… $$$$$$$$$$$). Y sí, seguramente es algo inherente a los humanos esa necesidad de compartir con los demás, de sentirnos parte de algo… ¡Gracias por el comentario!

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