Los ¿derechos? de las imágenes… cuidado, ¡que muerdo!


Estamos en plenas fiestas navideñas y me gustaría terminar el año sin tener que llorar de la depresión, pero parece ser que algunos empresarios de este mundo cruel me lo van a poner muy, pero que muy difícil… y esta noche me gustaría poder hincarle el diente a algo completamente diferente al turrón.

A estas alturas me parece agotador tener que defender que lo que hacemos (fotografías, imágenes…) es fruto de unos conocimientos, de unas habilidades, de un cierto talento, de algo de creatividad… en fin: de cosas por las que otros profesionales tienen rendimiento económico, frutos provechosos y algo de reconocimiento / respeto.

Nosotros, sin embargo, parece que tengamos que pedir perdón por querer tenerlo. La semana pasada hablábamos del tema en clase con mis alumnos, comentábamos cómo todo el mundo se cree con derecho a pedirnos que le hagamos las fotografías de su boda, de un bautizo, de una comunión o que le retoquemos las imágenes antiguas… por amor al arte. El último mes he estado trabajando con esos alumnos temas de retoque digital y comienzan a darse cuenta no sólo de lo que hay que saber para poder controlar la cámara, los focos… sino de las horas que es necesario invertir a veces en una imagen para obtener un buen resultado.

Nos reíamos porque les preguntaba si alguien le pediría a un familiar médico que lo operara por amor al arte, o a un pariente arquitecto que le hiciera los planos de una casa… a nadie se le pasaría por la cabeza semejante cosa porque sería, obviamente, un despropósito: un abuso. Pero lo nuestro… lo nuestro es diferente: la gente nos lo pide, habitualmente, como si en realidad nos hiciera un favor. Como se dice en mi tierra: “tienen un pedir que parece que están dando”

Portada de la web de Instagram... con un pequeño comentario
Portada de la web de Instagram… con un pequeño comentario mío

Pero esto no es lo más dramático del caso, porque finalmente si alguien te pide esto suele ser un familiar o un amigo… y, bueno, aunque muchos de ellos no harían lo mismo por tí (trabajar un día en el que todo el mundo va a estar de fiesta, hacerse cargo de una responsabilidad que puede convertirse en una pesadilla, dejarte los ojos durante varios días gratuitamente fuera de tu horario laboral quitando horas al sueño y a tu vida social…) en el fondo los quieres y, si lo haces, lo asumes con cierto grado de cariño. El problema es cuando quien se otorga el derecho a abusar de tí y de tu trabajo es alguien forrado que no te conoce de absolutamente nada.

Básicamente, para mí, esto es lo que ha pasado en los últimos días con Instagram. El pasado día 18 leía en La Vanguardia la noticia: “Instagram quiere vender las fotos de sus usuarios”. El problema fundamental estaba en el hecho de que pretendía hacerlo sin contar con la aprobación de los autores (creo que los denomina “usuarios” para poder pasar más por alto el tema del reconocimiento de la “autoría”) y sin pagarles por su trabajo. Obviamente, las redes sociales ardieron. Por una vez, una gran masa “twitteó”, “facebookeó” y expresó su desagrado, desconcierto e indignación sobre un abuso de este calibre en lo tocante a las imágenes (pensad que la mayoría de las fotografías que circulan en Internet no llevan referencia sobre autores, ni años, ni títulos… claro ejemplo de la absoluta falta de respeto que se tiene por nuestro trabajo: ¿alguien se atrevería a usar las palabras de un escritor sin referenciarlas debidamente? ¿no sería considerado esto un plagio? o peor aún ¿un robo? Pues, pensemos un poquito más en lo que estamos haciendo entre todos con las imágenes del prójimo… sí, de ese que debe ser amado como a uno mismo).

El rugido de la marabunta tuvo su efecto y al día siguiente leía en el blog de Instagram una entrada en la que rectificaban diciendo:Thank you, and we’re listening“. Ja, ja, ja: es decir… “gracias, estamos escuchando”. ¡Menos mal que escuchan porque, al parecer, a ellos solitos no se les hubiera ocurrido pensar que las cosas ajenas no se codician, ni se quitan, ni se comercia con ellas sin pedir permiso al propietario ni compartir las ganancias con él! Supongo por tanto que si a nosotros se nos ocurriera hacer lo mismo con su trabajo también les parecería normal. Más “ja, ja, ja”. No, señores, no. Los de foto a lo mejor no somos tan listos como ustedes, pero al menos sabemos donde acaba lo nuestro y comienza lo de los demás sin que nos lo tengan que piar miles de personas.

Hoy leo en El País que se ha puesto la “Primera demanda colectiva contra Instagram” y lo que no me queda claro es que al escucharnos hayan comprendido qué modo de actuar sería el correcto. Me parece que lo único que han oído es que lo que querían hacer, tal y como pretendían llevarlo a cabo, no les iba a dar muy buena prensa. Poco más.

Por tanto, creo que mi capacidad de asombro recibirá nuevas sorpresas en las próximas semanas o meses… porque todo es posible. Por eso estoy pensando en escribirles una carta a los Reyes “Majos” para que nos traigan a todos un poco de sentido común y de respeto por las cosas / trabajo de los demás.

Para terminar, citaré un tweet de @anattres referido a otro tema pero que resume muy bien el asunto fundamental:

“Tod@s queremos cobrar x nuestro trabajo y debemos pagar tb el de l@s demás. Es una rueda. Olvidarlo es tirarse x un precipicio…” (20/12/2012),  @anattres

Completamente de acuerdo con esto: los abusos nunca vienen solos y permitir las injusticias con los demás implica aceptar que los codiciosos nunca estarán satisfechos, nunca tendrán suficiente, siempre querrán más… y cuando nos hayan chupado toda la sangre a nosotros buscarán venas frescas para seguir vampirizando y entonces será más difícil detenerlos porque se habrán hecho más fuertes y nosotros mucho más débiles. Estas cosas nunca salen gratis y hemos de estar preparados.

Y me vais a permitir citar otra fuente que me temo que es aún menos académica, porque es una canción (yo creo que ya un clásico) del rock de los 80, pero que cada vez que la escucho me deja pensando. Se trata de un fragmento de la canción “Por salir corriendo”, de Barricada, del álbum “Pasión por el Ruido” (1989):

(...)
Los humillados, los desheredados
viven mejor después de muertos
por eso la sombra del cuervo
llama a su puerta con un solo dedo.
Aquel tipo raro defiende el miedo.
Así, sin las reglas del juego,
cuando está perdido el reto
puedes darte cuenta que nunca
se hace viejo ni cambia de cerebro.

Nadie evita la paliza
por saliendo corriendo.
Puedes pensar que es mentira,
que todo ocurre lejos.

 (...)

Despiértate, despiértate, despiértate...

Moraleja: hay que tener los ojos bien abiertos en los próximos tiempos porque hay demasiados amigos de lo ajeno plagados de ideas desafortunadas. Yo, por si acaso, ya tengo el kit navideño para la ocasión: el Olentzero me ha traído una lima y el Tió ha “cagado” un pintauñas rojo sangre…

… porque habrá que defenderse con uñas y dientes, pero sin perder de vista las raíces ni el glamour.

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