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¿Qué es lo que nos interesa? ¿Qué queremos recordar? ¿Hacia dónde decidimos mirar y qué implicaciones tiene nuestra ceguera selectiva?

Estas son las preguntas que quedaron en el aire el otro día, al darme de bruces con la cruda realidad. Estaba dando un paseo que aproveché para informarme sobre tablets, lo que me llevó a lugares especializados en temas informáticos en los que, a pesar de la crisis, había que hacer cola para ser atendidos. El primer shock fue que, tras salir de un concurrido lugar lleno de personas con teléfonos móviles de última generación y en busca de objetos de consumo de lo más sofisticado, me topé con 25 fotografías de unos mineros en Mongolia que trabajan en condiciones extremas. Por si este contraste fuera poco, acto seguido me sorprendió ver a varias personas fotografiando la entrada de la nueva tienda de cierta empresa informática en el centro de Barcelona como si fuera un monumento, una obra de arte… algo para recordar.

Ninja. Fiebre del oro en Mongolia. © Álvaro Laiz y David Rengel, 2010

Ninja. Fiebre del oro en Mongolia. © Álvaro Laiz y David Rengel, 2010

Había entrado en la Fnac de la Illa, donde era la única persona mirando la exposición de fotografías titulada “Ninja. Fiebre del oro en Mongolia“, que podéis ver hasta el 15 de septiembre. Pasaron muchas personas junto a mí mientras miraba las imágenes de Álvaro Laiz y David Rengel, fundadores de la ONG ‘An Hua’… pero nadie más se detuvo a observar las imágenes con detenimiento. Todo el mundo parecía tener prisa. Y he de decir que es una pena. No sólo por las fotografías, sino porque los textos que las acompañan tampoco tienen desperdicio. Este trabajo nos lleva de la mano a una situación límite en la que algunas personas desesperadas deciden internarse en las entrañas de la tierra sin ningún tipo de protección.

Dicho así suena duro, pero las imágenes a mí me dejaron perpleja. Ver a aquellos hombres entrando y saliendo de agujeros diminutos en terrenos que parecían estar en mitad de la nada me dio claustrofobia. ¿En qué situación tiene que verse alguien para llegar a esos extremos simplemente para comer? Fue inevitable recordar las muchas películas vistas con mi padre sobre aquella fiebre del oro en el oeste americano, con aquellas praderas y ríos que daban un aire romántico (obviamente cinematográfico) a la gran epopeya.

Sin embargo, esta “segunda fiebre del oro” no tenía nada de romántico ni de heroico… más bien era una bofetada de realismo aplastante. En los textos se explica que a estos “mineros” se les llama ninjas por la batea verde de plástico que llevan en la espalda. Parece que la mayoría de ellos eran pastores nómadas, y que el hambre y la necesidad les lleva a jugarse la vida buscando cuarzo y oro ganando un salario que puede ser mayor que el de médicos o funcionarios del gobierno.

Ninja. Fiebre del oro en Mongolia. © Álvaro Laiz y David Rengel, 2010

Ninja. Fiebre del oro en Mongolia. © Álvaro Laiz y David Rengel, 2010

Por este motivo esta “fiebre del oro” parece que conlleva una degradación del entorno no sólo paisajístico sino también humano en lo que denominan en la presentación de la exposición: “un, literal, salvaje oeste asiático”. Sea como sea: la fotografía consigue situarnos ante las miserias humanas a un nivel difícilmente alcanzable por otros medios y muy bien reflejado en unas imágenes cargadas de tristeza. Es de agradecer el compromiso de profesionales como Álvaro Laiz y David Rengel, y de iniciativas como la de la ONG ‘An Hua’ que ponen en nuestro camino imágenes como éstas, silenciadas por la distancia y por las dificultades que tienen personas como estos “Ninjas” para denunciar su situación.

Por tanto, terminé de ver la pequeña exposición un tanto pensativa y agobiada intentando no imaginarme cómo debe ser vivir en esa situación (definitivamente nuestro nacimiento es una lotería que nunca terminamos de valorar) cuando crucé Plaza Catalunya y me encontré con un verdadero centro de atención, contemplación e interés contemporáneo: la ya mencionada tienda.

Esta constatación me dejó parada frente a la puerta, mirando a todos los que fotografiaban la entrada con su sínmolo o el interior, a los que llenaban la tienda entusiasmados “jugando” con las nuevas máquinas del coloso informático… Y me dolió el bofetón súbito de esta superficialidad agotadora que nos va deshumanizando poco a poco a todos. Esto es una obviedad. Lo sé. Pero, ¿¿¿¿cómo es posible que la gente pase de largo ante las imágenes de unas personas que se entierran en vida para poder comer y que, sin embargo, no sólo se detenga sino que también saque la cámara para inmortalizar ¡¡¡una tienda!!! ???

Teniendo en cuenta que fotografiamos aquello que queremos recordar o aquello con lo que nos identificamos… Lo siento, pero no lo entiendo. Hace tiempo me contaba una amiga que se encontró con una persona en un banco con mal aspecto, se acercó para ver si podía ayudarla y descubrió que era un hombre y que estaba muerto. Llamó a la policía y le dijeron que llevaba horas muerto en aquel banco, rodeado de tiendas y junto a una parada de autobuses. ¿Cuántas personas habían pasado antes por allí sin ver a aquel hombre? ¿O, quizás, viéndolo pero sin querer mirarlo y mucho menos fotografiarlo (aunque sobre la fascinación que la fotografía de mendigos tiene sobre los alumnos debería escribir un post completo)?

Por eso escribo sobre ello: para compartir mi estupor. Sí, estupor, porque al menos tengo la sensación de que mientras estas cosas me sorprendan es que aún hay algo de humanidad dentro de mí… aunque esto no hace que deje de preocuparme aquello que decidimos mirar, ver y fotografiar porque dice mucho sobre el tipo de personas que somos. ¿Hacia dónde estamos yendo?

Los que estéis interesados en la expo podéis verla en la Fnac Triangle (Barcelona) hasta el 15/09/2012. Después parece que viajará a Fnac Bilbao, Murcia, Málaga y Marbella.

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