Vacaciones “literarias”… el inmenso placer de leer


Este verano, mientras recibo mensajes de todo el mundo vacacionándose en los lugares más variopintos y pintorescos, con fotografías que me llegan vía what’s up, facebook o mensaje… yo sigo en Barcelona haciendo otro tipo de “viajes”, los literarios, que hace tiempo que no podía permitirme.

Aunque sé que puede sonar raro, mi período de investigación en la tesis doctoral (y después de hablar con otros “tesinandos” he de decir que no soy un caso raro en este asunto) acabó con uno de los mayores placeres de este mundo: leer por puro vicio y disfrute personal, salir de este espacio-tiempo y viajar a través de las palabras a otras dimensiones humanas, sociales, geográficas o temporales sin finalidad alguna… sólo porque sí, porque el cerebro se esponja, porque la sonrisa cobra vida propia, porque las palabras te poseen y el descubrimiento de nuevos universos te hace vibrar a un ritmo variable, que cambia con los planetas visitados, los personajes encontrados… lo que me retrotrae a la infancia y a mi bisabuela contándome cuentos mientras cocinaba.

Después aprendí a leer (sí, lo sé: todo un logro… ja, ja, ja) y comencé a devorar libros, a veces incluso algunos que no podía comprender y que con el tiempo adquirieron significados mucho más potentes. La lectura siempre fue una aventura fascinante en la que me adentraba sin guías de viaje ni control de ningún tipo. La libertad era eso: leer, leerlo todo con interés y fascinación hasta construirme un mundo de papel, con edificios a base de palabras y ríos de tinta que surcaban terrenos áridos, fértiles o tumultuosos. Después llegaron el cine, la fotografía y otros lenguajes capaces de contar historias… pero siempre, indefectiblemente, acompañados de libros que me ubicaban en un contexto, en una época, en un movimiento, en una lengua diferente. Pero todo tiene un precio y yo comencé a pagarlo leyendo por encargo. Me convertí en lectora “profesional” en varios idiomas y géneros. Recuerdo fines de semana enteros encerrada leyendo miles de páginas a presión. Las “urgencias” editoriales y la sensación de agobio terminaron diluyendo por un tiempo el placer de leer.

En esta época yo estudiaba fotografía, edición… y cuando no leía por encargo, me dedicaba a digerir manuales, libros académicos, apuntes… y la tesis doctoral. Y con ésta última, el cargo de conciencia que me impedía disfrutar de lecturas al margen de mi investigación. Por este motivo, en los últimos años, apenas he leído ficción. Aunque tengo que agradecer a antropólogos, filósofos, sociólogos, neurólogos y pensadores de todo tipo los ensayos que aparecían en mi vida como islas paradisíacas en las que poder regodearme un poco antes de continuar nadando,  veces contracorriente, en las turbias aguas del conocimiento impreso.

Y, por fin, llega este verano postdoctoral en el que no puedo viajar y decido darme un capricho pintoresco, unas vacaciones fundamental y esencialmente diferentes: volver a leer por puro, mero, simple y apasionante placer. Y así llevo semanas: dándome al final del día unas horas para sumergirme de nuevo en el placer de las hojas entre los dedos, en el olor a páginas usadas o nuevas, en la incomodidad enternecedora del peso de los libros enoooooooooooormes en la mano y en el brazo… unas vacaciones literarias que estoy disfrutando como una niña pequeña.

Y ayer, inmersa en mi viaje personal, releyendo al gran Álvaro Pombo, necesité también compartir algún “recuerdo”, alguna “instantánea” de este viaje con vosotros. ¡¡¡Cómo no pensar en los demás cuando me encontraba con frases como ésta: “la clase de filosofía que se escribe depende de la clase de hombre que se es” (El metro de platino iridiado, Anagrama, 1990, p. 78)!!! No pude evitar la sonrisa, el sentimiento de satisfacción más profundo y la necesidad de compartir este monumento encontrado en mi ruta veraniega.

Porque no sólo la filosofía, sino la literatura, la fotografía, el cine… o el blog que se “escribe” depende de la clase de hombre (o mujer) que se es. Lo que me plantea no sólo el tipo de persona que soy sino también si la clase de “ser humano” que se es no está marcada en gran medida por las lecturas habidas, los viajes realizados y las personas conocidas. Finalmente, todos somos deudores de una determinada cultura, familia, círculo social, circunstancias y educación.

Poco después encontré este otro momento a “inmortalizar” en mi viaje: “resulta imposible escribir y a la vez no decir nada. Se dan casos, pero en el fondo es un imposible, con unos cuantos casos de ensayistas excepcionalmente imbéciles que confirman la regla” (El metro de platino iridiado, Anagrama, 1990, p. 79). Tras tantos años de lecturas amontonadas… no sé yo qué decir ante esta afirmación. Supongo que todos tenemos algo que decir y la cuestión es si puede o no ser interesante para los otros. También esto puede extrapolarse a la fotografía: ¿es imposible fotografiar y a la vez no decir nada? y aunque se diga algo ¿es interesante para los demás?…

He aquí la cuestión: ¿qué dice de nosotros aquello que contamos, pensamos y fotografiamos? ¿Qué clase de personas somos a través de lo que hacemos? ¿tenemos realmente algo que decir? y… ¿ese algo es interesante para los demás?

En fin, los pensamientos se agolpan. Os dejo para seguir leyendo…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s