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"Fotografío para recordar", de Pedro Meyer

“Fotografío para recordar”, de Pedro Meyer

Cuando veo las imágenes de Susan Sontag , tanto enferma como muerta, realizadas por Annie Leibovitz me conmueven del mismo modo que las de los padres de Pedro Meyer en “Fotografío para recordar“, las de la abuela de Ana Casas Broda en “Álbum” o las de la abuela de Carla Subirana en “Nadar“. Tras la emoción de enfrentar la enfermedad (o la muerte) en el entorno familiar, surge el planteamiento de por qué fotografiar o grabar esos momentos tan duros y, lo que es más complicado, por qué exponer esa intimidad tan privada al escrutinio público.

Pedro Meyer comenta en el texto “…algunos pensamientos de fondo”(que acompaña a su obra “Fotografío para recordar”):

Tomé todas esas fotografías para mí mismo como una forma de enfrentarme a la muerte. Jean Cocteau comentó una vez, “La fotografía es la única manera de matar a la muerte”. Después de todo, la memoria es precisamente eso, una manera de hacer que un momento se vuelva permanente

No sé si realmente la fotografía es capaz de matar la muerte. Seguramente sería darle demasiado poder. Sin embargo, Jonathan Green recoge en su texto “El arte del relato: “Fotografío para Recordar” de Pedro Meyer” una cita de Susan Sontag:

Cada foto es inmediatamente póstuma

que resume muy acertadamente esta lucha continua contra el tiempo en la que la cámara es el único medio que te da el poder de capturar el presente en una imagen pasada para poder asimilarla desde el futuro con distancia, perspectiva y algo más de información. Esto es lo que hace que muchos fotógrafos y artistas de diferentes campos opten en los últimos tiempos por refugiarse en sus cámaras ante situaciones complicadas como enfermedades o muertes. Casi todos comparten su experiencia de seguridad con la cámara y de la visión de ésta como un escudo de protección o como un elemento de terapia (no hay que olvidar tampoco a artistas relacionados con la fototerapia como Jo Spence) ante unas experiencias vitales demasiado complejas.

La reflexión de Meyer, leída hace ya algunos años, me ha ido provocando cuestionamientos personales cada vez que en una situación concreta yo centraba toda mi atención en la fotografía. Efectivamente, para los que trabajamos con ella, es una amiga leal y un lugar seguro en el mundo. Siempre está ahí para centrar tus pensamientos y darte algo que hacer cuando no sabes cómo actuar, qué se espera de ti o no eres capaz de asimilar las cosas tal y como están sucediendo. Tanto si eres la única persona sola en una fiesta como si estás cruzando una frontera entre dos países en conflicto, o si la camioneta en la que viajas comienza a hundirse en una lengua de agua voraz, si sientes que te fallan las piernas para seguir caminando o si te invitan a una mesada nocturna en la casona de un chamán perdida en las Huarinjas… tener la cámara en las manos te hace sentir actor en vez de víctima. Quitas la tapa del objetivo, y con ese gesto tan simple como mecánico, te transformas en alguien con una tarea concreta que asumes sin dar demasiadas vueltas (porque lo de la fotografía es algo instintivo: si lo piensas, la foto desaparece).

Es entonces cuando el objetivo se convierte en un filtro potente: ya no estás solo frente al universo sino acompañado por un mecanismo certero que va troceando la realidad en encuadres absolutamente asumibles (en algo que puedes analizar fácilmente y que controlas). Mientras tanto, el mundo se desdibuja a tu alrededor y de tus miedos o preocupaciones no queda nada. Eres fotógrafo, cámara… imagen. Eres sólo una mirada.

La cámara tiene el poder de hacerte sentir en un espacio seguro, de absorberte de tal modo que te conviertes en un ser inconsciente. De pronto, la vida parece ir un poco más despacio, como si la realidad doliera menos, como si el miedo se evaporase…

Sin embargo, muchas veces, al terminar el acto reflejo, la tensión o pulsión fotográfica… he cerrado los ojos al darme cuenta de dónde me había metido. Pero entonces hay otro motivo para no dejarte vencer por el miedo: ¡lo tienes! Sientes un enorme subidón de adrenalina (sobre todo cuando sabes que el material es muy, muy bueno), y entonces la prioridad absoluta es llevarlo para que sea publicado. Después, cuando tu editor o el director o un amigo ve las imágenes y te mira con esa cara de ¿Y qué hacía alguien como tú en un sitio como ese? Entonces eres consciente de que, quizás, tal vez, a lo mejor, deberías haber salido corriendo en vez de sacar la cámara… pero, de haber actuado desde la razón y no desde el instinto, no hubieras tenido esas maravillosas imágenes y sonríes con la conciencia tranquila de que lo volverías a hacer una y mil veces.

"Album", de Ana Casas Broda

“Álbum”, de Ana Casas Broda

Santi Trancho, cámara de la productora Molinos de Papel (en programas como “Callejeros“, “Callejeros viajeros” o “Frank de la jungla“) comenta una experiencia o sensación similar en el artículo “La cámara es mi escudo” (escrito por Alejandro Torrús y publicado en Publico.es): “Con la cámara en la mano te crees inmune a todo, la realidad es como una película y no te das cuenta de que te estás metiendo en un infierno”. Trancho también afirma: “Mi cámara es mi escudo. Cuando grabas estás demasiado preocupado de que la luz sea buena o tener un buen enfoque, que no entren sonidos raros, quien entra o sale del plano. No ves peligro ninguno… Hasta que bajas la cámara”.

Bajar la cámara… ese acto que te devuelve, de golpe, a la realidad en estado puro. Podría decirse, entonces, que el acto de fotografiar o grabar sólo abre un paréntesis ante la realidad que se ha de asimilar, retrasando más o menos el momento de volver a enfrentarla. Sin embargo, aunque la realidad que vuelve a recibirte sea exactamente la misma, tú ya no lo eres. Tu mirada ha ido empapándose de lo que hay al otro lado y, aunque se tarde un poco más de tiempo en asumir lo capturado, el “yo” que regresa de este tipo de experiencias lo hace generalmente agotado, emocionado… y trasformado.

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