Acabo de leer en una entrada del blog www.aeromental.com que se usó un holograma del rapero Tupac Shakur (asesinado en 1996) en un concierto en Coachella 2012. La Gaceta, por otro lado, comenta: “La aparición del considerado mejor rapero de todos los tiempos fue gracias al trabajo de Digital Domain Media Group Inc, la compañía que ya había hecho posible que Brad Pitt personificara a Benjamin Button“. El título de la entrada de Aeromental incluye la frase “el rapero revivió” y las palabras son certeras.

Personalmente, me he quedado sin palabras ante el poder de la imagen más allá de cualquier posibilidad imaginada hasta el momento. El rapero parece tan real, tan vital y tan vívido que, de pronto, me ha costado pensar en él como una simple imagen de un muerto.

Parece ser que tenían permiso de la madre del rapero para hacer este holograma en el concierto. Dato no menos fascinante que me ha llevado a cuestionarme qué sentiría yo si me plantearan algo así de un ser cercano. Por un lado debe de ser toda una tentación poder volver a ver de un modo tan “matérico”, tan “vivo”, a alguien a quien has perdido. Pero ¿cómo debe afectar verlo de ese modo si ya mirar una fotografía o una película de alguien ausente conmueve?

¿cómo afectan este tipo de acciones a los procesos de duelo y de asunción de las pérdidas? ¿Por qué nos cuesta tánto dejar marchar a los difuntos mientras descuidamos a los vivos?

Por último, no me queda claro en qué categoría se ha de considerar este holograma porque como imagen se trasciende a sí misma. ¿Asistimos acaso a la aparición de los “tecno-fantasmas”?

 

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