Un amigo me ha preguntado qué hacemos con tantas y tantas fotografías digitales y me he visto obligada a responder que la mayoría de las veces: NADA.

Sin embargo, me he quedado pensando en todas esas imágenes tomadas que nadie mirará, que dormirán eternamente en carpetas que no serán abiertas y que nacen condenadas al olvido. Pero las hacemos a pesar de ser conscientes de esto porque hay algo casi inevitable en el acto de hacer fotografías. Algo que seguramente tiene que ver con la rapidez con la que todo ocurre, con la sensación constante de estar perdiéndonos cosas importantes y con el deseo de conservar lo que sucede ante nuestros ojos pero somos incapaces de asumir porque estamos demasiado tensos intentando llegar a no sabemos dónde.

Inmersa en estos pensamientos, al volver a casa me he encontrado con una reflexión de  (Cultura, El País) titulada “La foto que todo lo ve” que está casualmente relacionada con todo esto. Comenta Verdú que  “Sin que lo percibamos con claridad la existencia va tomando el carácter de un pasaje sucesivo para ser plasmado y simplificado en la mnemotecnia de la cámara” y concluye que “De este modo tratamos de eternizar nuestra vida al precio de poseerla simplificada en un almacén virtual”.

Lo peor de estas palabras es que probablemente sea cierto que intentamos eternizar la vida simplificándola en unas fotografías almacenadas virtualmente. Lo que me preocupa cada vez más es la duda de si mientras lo hacemos… ¿nos acordamos de vivir?

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