La guerra: imágenes de la violencia


Hace tiempo que doy vueltas al tema de las imágenes de la guerra. Con frecuencia, al hablar de la fotografía infrarroja en las clases, intento hacer reflexionar a los alumnos sobre dónde han visto imágenes de ese tipo y la respuesta siempre es la misma: en los informativos pero les recuerdan a la estética de los videojuegos. La pregunta importante es: ¿Por qué utilizarían para informar imágenes que recuerdan a las de un juego?

La respuesta probablemente sea sencilla. Hemos descubierto cómo fotografiar las guerras en las que nos metemos para no herir sensibilidades: los soldados mueren, resultan heridos o traumatizados, dejando familias destrozadas detrás… pero en las noticias sólo vemos unas imágenes oníricas y un tanto surrealistas que nos alejan del dolor real. Sin embargo, los muertos y heridos de los otros los vemos en primer plano, con sus mutilaciones, sus familias desgarradas y tanto dolor como sea posible. Precisamente porque son los otros y ellos sí pueden mostrarse como bárbaros, como violentos, como seres dolientes.

Sanaa, Yemen
“Sanaa, Yemen”, Samuel Aranda (World Press Photo of the Year 2011)

Seguramente una de las mejores reflexiones sobre este tema es la de Susan Sontag en “Ante el dolor de los demás“. Este libro, de lectura altamente recomendable para entender la relación del dolor, la violencia y la imagen, nos hace evidente lo que nos empeñamos en intentar ignorar: es fácil mostrar a los demás, juzgarlos o exponerlos a la opinión pública, pero nos resulta mucho más complicado con nosotros mismos. Seguramente uno de los momentos más lúcidos de este libro sea cuando la autora, tras hablar de los museos del Holocausto judío, plantea el problema de la historia de los esclavos en EE.UU. que quizás nunca tenga un museo. Hay temas difíciles de hablar o de tratar porque, para hacerlo, se ha de asumir que el monstruo no es necesariamente el otro sino que puede habitar entre nosotros, ser uno de los nuestros… o incluso sonreírnos al mirarnos al espejo.

En estos momentos estoy sumida en la apasionante reflexión de Ariella Azoulay en The Civil Contract of Photography sobre el estatus ético y político de la fotografía. Para la autora, la fotografía debe ser entendida y pensada dentro de su relación indisoluble con todas las catástrofes de la historia reciente. Qué puedo decir: he trabajado en prensa y he vivido en primera persona los conflictos con algunas imágenes, las dificultades de alguna toma de decisiones en la edición fotográfica, y soy plenamente consciente no sólo de la relación de la fotografía con los conflictos de los últimos tiempos sino de la importancia de su papel en la escritura no sólo de la memoria sino también del presente. Al mismo tiempo, la imagen de prensa y el reportaje de guerra tienen el riesgo de ¿consumirse? como todos los demás productos de la gran aldea global: de manera rápida, sin procesar, sin asumir… sin la necesaria reflexión y visión crítica.

"Guernica", Pablo Picasso (1937).
Guernica, Picasso, Museo Nacional Centro de Arte REINA SOFIA: http://www.museoreinasofia.es/coleccion/autores-obras.html?id=322

Frente a todo esto, comenta hoy Alberto Martín en Sin Título, el blog sobre arte contemporáneo de El País (http://blogs.elpais.com/sin-titulo/): “El espacio que ha terminado ocupando el Guernica es el espacio de la memoria, allí donde se manifiesta el peso inexorable de la historia y sus efectos sobre nuestras vidas”. Martín comenta cómo la simple presencia del cuadro abre paso a los recuerdos entre los que se encuentran las fotografías de guerra. Sobre estas últimas comenta precisamente que “han pasado y pasan inexorablemente ante nuestros ojos” aunque aspiran a formar parte de la memoria, mientras que “el Guernica forma parte de nuestra mirada”.

Efectivamente, no todas las imágenes de la violencia producen el mismo efecto. Las hay que nos obligan a replantearnos nuestra propia esencia al situarnos frente a un dolor en estado puro (pero tratado de manera simbólica) que termina codificando y condicionando nuestra mirada. Las hay que nos enfrentan al instante, al momento de dolor, produciéndonos una reacción que puede llegar a ser visceral, pero que normalmente intentamos alejar de nuestra mente para poder seguir con la vida apacible que nuestro rol de espectadores nos permite tener. Por último, están las que transforman la realidad en un videojuego y las que convierten las ficciones violentas en algo cotidiano y entretenido. Estas dos últimas son las que van anestesiando y pervirtiendo nuestra percepción de la violencia… aunque también hay quien culpa a la estética fotográfica de todos estos males, pero esto se merecería una reflexión aparte.

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