Imagen fija e imagen en movimiento: ¿Dos maneras de hacer memoria?


En estos meses de silencio han pasado muchas cosas. Una de ellas es que participé en el Segundo Congreso Internacional de Historia y Cine: La biografía fílmica (Universidad Carlos III, Madrid) con una comunicación La fotografía y el cine autobiográfico: la imagen familiar como huella mnemónica e identitaria (http://e-archivo.uc3m.es/bitstream/10016/11322/1/fotografia_pardo_CIHC_2010.pdf) en la que me planteaba un tema que me parece muy interesante: cómo influye el tipo de imágenes que conservamos del pasado en la manera en la que recordamos no sólo lo sucedido sino también a las personas con las que compartimos aquel tiempo.

La reflexión surgió tras darme cuenta de que los trabajos realizados a partir de películas domésticas tenían una fluidez narrativa diferente de la compartida por los autores que trabajan a partir de fotografías o incluso a la que yo misma podía llegar a dar a mis propias imágenes familiares.

Películas, fotografías… todo son imágenes y tendemos a pensar que todo es memoria del mismo modo. Sin embargo, hay diferencias remarcables en la esencia de los medios con los que se traza un determinado camino. Diferencias que condicionan inevitablemente a todo aquel que retoma las huellas de su existencia, o de la de sus seres más cercanos, para hacer su propio trabajo de arqueología, antropología o etnología personal (que de todo hay en estas aguas profundas y con frecuencia abisales).

Yo, como tantos otros, sólo tengo fotografías y, por tanto, nunca podré recordar cómo caminaba mi abuela, cómo hablaba mi abuelo (su voz se ha perdido irremediablemente en los recovecos del tiempo) o cuáles eran sus gestos cotidianos. No tengo películas que me los muestren en movimiento, ni con sonido… Sólo me quedan unas cuantas imágenes que han inmortalizado una pose para la cámara, una sonrisa congelada, un estereotipo de familia feliz que se parece descaradamente a muchas otras poses, sonrisas y felicidades estereotipadas de los demás. Sin embargo, esa falta de documentación exhaustiva de su existencia también me aporta algo igualmente valioso: la libertad de recordar lo que quiero y como quiero con pocos condicionantes.

De este modo, la felicidad compartida de mi infancia no tiene sonido ni movimiento grabado en plata. Sin embargo, tiene la belleza áurea de las leyendas domésticas en las que las personas, poco a poco, van dejando de ser recordadas por su apariencia para terminar convirtiéndose en una esencia, un sentimiento, una sensación de calor entrañable que se produce más allá de cualquier imagen… en ese lugar inefable en el que habitan las sombras más amables.

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