¡Se acabó la tesis!


Por fin he cerrado una etapa. Mi tesis doctoral sobre la autorreferencialidad en el arte, centrada en el periodo 1970-2011, con especial atención al papel de la fotografía, el vídeo y el cine domésticos como huellas de la memoria en la construcción identitaria, ha pasado ya por el tribunal y esta parte de la historia ha tenido un final muy feliz.

Todos me felicitan y me preguntan por qué no estoy saltando de alegría. Lo único que soy capaz de contestar es que me siento aliviada, profundamente aliviada, pero también tremendamente agotada. Dato curioso: la sala estaba llena de fotógrafos, artistas visuales, profesores de fotografía/videoarte o alumnos… pero no había cámaras para inmortalizar el momento. Nadie lo pensó, ni siquiera yo: lo que me lleva nuevamente a plantear cómo los momentos importantes fotográficamente, aquellos que quedan plasmados en nuestro álbum familiar, no tienen por qué corresponderse con los verdaderamente relevantes en nuestras vidas… sino más bien con los institucionalmente considerados fundamentales para una vida modélica y feliz según los cánones bienpensantes de la cacareada normalidad.

Esto hubiera sido una anécdota nefasta en un lugar dedicado a la imagen, pero afortunadamente al final alguien sacó una camarita del bolso (¿podría hablarse de la omnipresencia actual en Occidente de la imagen tras su irrupción en el mercado de los móviles?) y hubo alguna foto final de grupo, con sonrisas para la posteridad y, nuevamente, alivio: fotografiamos, luego existimos.

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