Alguien me planteaba hace un par de días si la fotografía familiar era o no narrativa y si podía o no contener toda una historia dentro de sí. La pregunta me parece mucho más compleja de lo que podría parecer a simple vista ya que la pose de “familia feliz” rompe cualquier posibilidad de narrativa personal profunda en una imagen, pero abre camino a la narrativa del querer ser, de la ficción que se va entrelazando con la memoria de lo sucedido hasta crear una narrativa compleja que no distingue entre realidad y ficción, entre lo sucedido o lo deseado.

Sin embargo, cuando a veces hablo de la fragmentación de la narrativa de la identidad en la fotografía, me refiero a algo diferente. No hablo de las historias que puedan surgir de una imagen sino de la imposibilidad de hallar la narración de la propia existencia (o de la del otro) en unas fotografías que son apenas “lágrimas en la lluvia”, usando una conocida frase de BLADE RUNNER.

Descontextualizadas, las fotografías familiares contienen historias, informaciones, evocaciones… pero se convierten en un delicioso puzle de compleja resolución para quien no puede rellenar los huecos entre las imágenes con memoria o postmemoria de los cambios sufridos o llevados a cabo por el protagonista de las imágenes.

El ser humano es un delicioso work in progress, seamos o no conscientes de ello. Las fotografías sólo dejan constancia de nuestra evolución como seres humanos, de los cambios que experimentamos y de la mirada que dedicamos a aquellos que a lo largo del tiempo nos dicen eso tan manido de “sonríe para la posteridad”.

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